(The Remains of the Day, James Ivory, 1993)


Merchant Ivory Production, distr: Columbia TriStar Films de España, ©1993.

La película recrea la obra literaria Los restos del día de Kazúo Ishiguro, la cual se centra en la elegancia y alto estatus de los mayordomos ingleses. El protagonista del film es el Sr. Stevens (Anthony Hopkins), un distinguido mayordomo que trabaja en la vivienda Darlington Hall, recibe una carta de la Srta. Kenton (Emma Thompson), quien veinte años antes fuera ama de llaves en el mismo hogar. Stevens recuerda los años de esplendor de Darlington Hall, cuando él y la Srta. Kenton estaban al mando de los servicios de la casa, supervisando todo un ejército de segundos mayordomos, camareros, cocineros y criadas; al cual se incorpora el padre de Stevens, un reputado mayordomo que se ha quedado sin trabajo.

El Señor Stevens pertenece a una familia de mayordomos y lleva con orgullo su tradición familiar. Este tipo de comportamientos tiene su explicación, en algún momento debió comenzar dicha tradición de servidumbre y el origen de ésta no es por comodidad como dice La Boétie en el Discurso de la servidumbre voluntaria:
 “Hacen gustosamente lo que sus antecesores habían hecho por obligación.”[1]
Una tradición cuyo origen se desvanece en el pasado ha llevado a varias generaciones de Stevens a servir gustosamente, construyendo cierto prestigio alrededor de su apellido. En una ocasión Stevens hijo le exige a la Srta. Kenton que llame a Stevens padre por su apellido y no por su nombre de pila, intentando distinguir así la figura de su padre. Stevens padre describe la profesión de mayordomo como “un camino hacia la dignidad”, lo máximo a lo que se puede aspirar en el sector servicio. Define la dignidad como el mantenerse en pie y guardar la compostura, sean cuales sean las circunstancias. Debido a su avanzada edad, se ve relegado a puestos inferiores, lo cual supone una humillación para Stevens hijo.



El Lord al que sirven, se comporta bien con ellos. Los trata con aprecio y se preocupa por su estado de salud, por ejemplo, ayudando a Stevens a levantarse cuando éste tiene una caída. Pero algo se oculta en sus cuestiones políticas, tiene contactos nazis y en pleno inicio de la II Guerra Mundial, usa su posición para intentar llevar a Gran Bretaña a una alianza con la Alemania nazi.
Una razón por la que la Srta. Kenton se pone en contacto con Stevens después de tanto tiempo, es por compartir con él la indignación ante el periódico que tacha a Lord Darlington de traidor. Stevens sabe que su Lord fue un hombre bastante inocente, que se dejó engatusar por las ideas de sus amigos alemanes. En una ocasión despidió a dos criadas por ser judías, pero un año más tarde se arrepintió de ello e intentó aunque sin éxito, la manera de buscarlas y volverlas a contratar. Incluso en sus últimos años de vida, tachado de traición a su país, el señor Darlington vivió desolado y arrepentido de sus actos. Sintiéndose solo, sin más compañía que la de su servidumbre.
Stevens es un mayordomo muy estricto, cuida que todo quede ordenado e impecable, incluso plancha los periódicos o toma las medidas de los cubiertos servidos. Hasta el punto en que cuando Kenton le notifica la reciente muerte de su padre, continúa con su trabajo sin detenerse, argumentando que su padre así lo querría. Su padre llegó a decirle que su fracaso en la vida, fue no poder amar a su mujer, pero Stevens no tiene si quiera tiempo para pensar en el amor. Todas las labores del hogar requieren su presencia y muestra un carácter reacio a exponer sus sentimientos, pues la dignidad del mayordomo pasa por mantenerse siempre firme y estricto, como se lo indicó su padre.

“¿Qué desventurdo vicio pudo desnaturalizar al hombre (…) hasta el punto hacerle perder el recuerdo de su estado original y el deseo de volver a él.”[2]

Stevens está tan metido en su rol de mayordomo y cree tan ciegamente en su servidumbre, que evita los placeres y se olvida de vivir. Se entrega en cuerpo y alma a su trabajo y considera a su Señor, como si fuese la familia a la que pertenece.
En todo momento, Stevens se niega a asumir el amor mutuo que sienten él y la Srta. Kenton, que no hace más que buscar indicios en su personalidad que demuestren signos de ese amor del que ella espera respuestas, pero nunca las obtiene. Cuando Kenton está fuera de escena Stevens llega a admitir que sin ella le costaría mucho vivir, pero siempre acaba camuflando cualquier muestra de aprecio bajo actos de estricta servidumbre. Cuida todas las apariencias e incluso se niega a admitir que sirvió a Lord Darlington, cuando en un bar mencionan que traicionó a la nación. Pero en la intimidad, Stevens admite que se sintió honrado de haber servido a un hombre, que tenía para con él un comportamiento ejemplar.



La Srta. Kenton, nunca paró de buscar indicios de sentimientos en Steven. Se dio cuenta y le echó en cara, que no contratase mujeres atractivas, quizá para evitar el sentir pasiones que lo distrajesen de sus labores. Incluso cuando un antiguo compañero de servidumbre, el señor Benn, le propone matrimonio a Kenton, ella se lo comenta buscando una respuesta en Stevens. Pero Stevens nunca expone sus sentimientos. No solo no muestra su amor hacia ella, sino que ni siquiera expone lástima de perder a un ama de llaves, a la cual cree necesitar para vivir. En sus años en Darlington Hall vivieron momentos íntimos, como el momento en que Kenton admite sentirse sola y considerar al servicio como lo más parecido a una familia que ha tenido, manifestando así ciertos deseos de construir algún día su propia familia, a lo que Stevens contesta animándola, diciéndole que sin ella el cuidado de la casa no sería igual. En otro momento íntimo, Kenton descubre a Stevens leyendo un libro romántico, acto del cual él se avergüenza de reconocer en público. Esos fueron los años que Kenton recuerda como los más felices de su vida. Pero pertenecen ya al pasado. Accedió a casarse con Benn y tuvieron una hija. Ahora, veinte años más tarde se arrepiente de su matrimonio y le expone sus sentimientos a Stevens, que anteriormente había declarado que se dirigía a corregir su vida.

“Éstos piensan que les corresponde soportar el mal. Se dejan embaucar y, con el tiempo, crean ellos mismos las bases de quienes los tiranizan.”[3]

En sintonía con esta frase de La Boétie, Stevens genera la situación para seguir eligiendo prestar servidumbre al nuevo lord de Darlington Hall. Las circunstancias de Kenton, ahora independiente, hacen implanteable su regreso a dicha mansión, pues ella quiere quedarse cerca de donde vive su hija. Stevens no se atreve a dar el paso de reconocer su amor por Kenton y decide volver a casa de su actual Lord, manteniéndose firme en sus principios de fidelidad laboral y servil, sin inmiscuirse en temas morales ni políticos, defendiendo que su vida está en servir e incluso sin darse cuenta de los sentimientos de Kenton hacia él. Stevens dedica su vida exclusivamente a su trabajo porque de esa manera se refugia para eludir sentir su soledad y sus sentimientos.


Luis N. Sanguinet




[1] LA BOÉTIE: Discurso de laservidumbre voluntaria, Terramar, Buenos Aires, 2008.
[2] Ibídem, p. 53.
[3] Ibídem, p. 59.


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