(Jay Roach, 2015)
UNO CONTRA EL IMPERIO
Bleeker Street Media ©2015, Entertainment One FIlms Spain (distrib.)

“Él no fue un Dios, fue un simple hombre, un esclavo.”
Varinia (Jean Simmons)
en Spartacus.

Dalton Trumbo (Bryan Cranston) fue uno de “los diez de Hollywood”, guionistas y directores de reconocido talento de los años cuarenta, incluidos en la lista negra, juzgados y encarcelados por su pensamiento político. Tras pasar cinco años en prisión, Trumbo se dedicó a combatir la censura del imperio Macarthista con el único trabajo que sabía hacer: escribiendo guiones y llegando a ganar dos Premios Óscar, desde la clandestinidad, por Roman Holliday (1953) y desde el anonimato, por The Brave One (1956). En esta historia, retratada con una cuidada fotografía que nos traslada a los años cuarenta y cincuenta, se ve desfilar en escena a actores interpretando a actores como John Wayne (David James Ellioty Hedda Hoopert (Helen Mirren) como principales antagonistas colaboradores de la caza de brujas; Edward G. Robinson (Michael Stuhlbarg) como compañero de Trumbo que se encuentra ante el aprieto de elegir entre seguir trabajando o delatar a sus amigos; y unos espectaculares en su papel, Kirk Douglas (Dean O'Gorman) y Otto Preminger (Christian Berkel), quienes por encima de cualquier amenaza, valoran el trabajo del valiente guionista, confiando en él para llevar a cabo los guiones de Exodus (1960) y Spartacus (1960).




La historia de Dalton Trumbo escenifica el trabajo de un guionista, los momentos de soledad y el desafío del proceso ante la máquina de escribir. Las consecuencias negativas ante las que se llega a encontrar Trumbo, impedido de ejercer su trabajo, están directamente relacionadas con el infierno de exclusión que sufre el personaje de Barton Fink (John Turturro), esceníficada por los hermanos Cohen con licencias poéticas, para representar la explotación de un guionista por una major; pero aumentando el acorralamiento de Trumbo en la necesidad de mantener a una familia con tres hijos, cuya infancia se pierde por su estancia en prisión. La iluminación fotográfica que consigue Jim Denault tiene un tratamiento especial en las escenas de juzgados y de comparecencias públicas, en las que las luces de los flashes que se dirigen a estrellas y protagonistas del juicio político, deslumbran la cámara, acentuando contrastes y creando claroscuros, decisivos para la dramatización del juicio. En el trabajo de dirección, Jay Roach se desplaza del registro de comedias (como las series de Austin Powers y Meet the Parents), para firmar un elegante trabajo dramático, en el que Bryan Castron hace posiblemente su trabajo interpretativo de mayor peso y profundidad tras haber finalizado Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-2013).

El asunto de la caza de brujas ya se trataba de cerca con guionistas como protagonistas, en un argumento en algunos aspectos similares, en The Front (Martin Ritt, 1976) con Woody Allen como protagonista, escrita (Walter Bernstein) y dirigida (Martin Ritt) por miembros de la lista negra. En aquella ocasión, se llevaba a cabo con puntos cómicos rematadamente disparatados, conservando su actitud de denuncia; este nuevo trabajo la mantiene pero en un registro dramático, como también hizo Good Night and Good Luck (George Clooney, 2005). El trabajo de Clooney describía internamente el combate intelectual contra la caza de brujas, Trumbo lo hace dando un paso más allá y se posiciona en la piel de una víctima, en busca de un triunfo, no solo moral como en The Front, sino palpable, en la búsqueda de un reconocimiento que los galardones recibidos hacen que el protagonista siga luchando: “si conseguimos una gran película, conseguiremos todas las grandes películas”.



El film tira de imágenes de archivo, en las que encontramos a Ronald Reagan en su etapa de actor, promoviendo la persecución, a Lauren Baccal y Humphrey Bogart entre otros apoyando a los incriminados y a J. F. Kennedy mostrando su satisfacción tras acudir al preestreno de Spartacus. Los personajes presentes en pantalla son tan variados que muestran distintos posicionamientos al respecto. Esto incluye a los miembros del bando macarthista: Edda Hooper y John Wayne. Mientras ella busca confirmar el castigo de los perseguidos sin perdón, Wayne busca la forma de colaborar con quienes renuncian reconocer sus pensamientos políticos y delatan a sus compañeros. En el entorno cercano a Trumbo también hay posicionamientos, incluyendo a sus amigos guionistas y a su compañero ficticio Arlen Hird (Louis C. K.), quien en realidad es una mezcla de varios de los amigos de Trumbo, incluido Alva Bessie, de quien toma su participación en la Guerra Civil española, alistado en las milicias del bando republicano. Otra postura es la del productor de películas de serie B Frank King (John Goodman), aparentemente equidistante, que busca en todo momento el beneficio cuantitativo para su negocio, renunciando a cualquier aspiración cualitativa de sus producciones, y conociendo la renuncia artística que ello le supone a su recién  contratado Trumbo. Edward G. Robinson intenta argumentar sus acciones en base a la imposibilidad del anonimato para un actor, explicaciones que no le sirven a Trumbo y que además se desvanecen ante la firme y antagónica decisión de Kirk Douglas, quien da la posibilidad a Trumbo de reescribir el guion de un esclavo que luchó, al igual que él, contra todo un Imperio.



El trabajo y esfuerzo de Dalton Trumbo representan la lucha de un hombre contra todo un sistema. El desafío de recuperar su nombre en los títulos de créditos y volver a ser reconocido por su trabajo, supondría vencer las presiones corporativas del proceso que se llevaron a cabo no solo contra él, ni contra los diez de Hollywood, sino contra todos los que la censura del Gobierno actuó, sometiéndolos sin posibilidad de trabajar. Ese paralelismo entre el guion de Spartacus que él escribió y su propia vida, convierte a Dalton Trumbo en un personaje histórico y legendario que debe ser recordado por su gran hazaña, la cual es un acontecimiento crucial en nuestra Historia del cine y de la Historia política en el siglo XX. 

Luis N. Sanguinet






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