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martes, 24 de noviembre de 2015
(Jafar Panahi, 2006)

UNA MIRADA PERIFÉRICA
Jafar Panahi Film Productions, Golem Distribución, ©2006.

“En un partido de fútbol, el centro de interés lo constituyen los movimientos del balón, y no es fácil concederse divagaciones.”
Umberto Eco.

El título elegido por Jafar Panahi es realmente significativo, utilizar una regla deportiva para denominar la situación en que se encuentran las protagonistas y la localización donde se desarrolla el film: en los aledaños del estadio Azadi, espacio al cual las mujeres no tienen permitido acceder, mientras Irán se juega ante Bahrein el pase al Mundial de Alemania 2006. Cada muchacha carga su propia historia con la que ha llegado al recinto improvisado con vallas, donde las retienen. La acción se encuentra en todo momento fuera del terreno de juego, lo que nos permite conocer a unos personajes alejados de participar activamente en la colectividad nacional, que contempla emocionada el partido de fútbol. El centro de la atención argumental se mantiene fuera de los marcos visuales: se alude al campo de fútbol por referencias dramáticas y argumentales, determinándolo así como un espacio en fuera-de-campo de manera permanente.



El campo en fuera-de-campo:



“Pero una vez producido el gol, el director podría escoger aún entre la multitud delirante -anticlímax apropiado, fondo adecuado a la distensión psíquica del espectador que ha descargado su emoción- o bien podría mostrar de golpe, genial y polémicamente, un escorzo de la calle más próxima (…), o incluso cualquier imagen absolutamente ajena al juego, un acontecimiento próximo que se vinculase a la imagen precedente sólo por su clara, violenta distancia- subrayando así una interpretación limitadora, moralista o documental del juego.”
Umberto Eco, Obra abierta.

En ese pasaje Umberto Eco intenta imaginar cómo sería el fútbol alejado de las estructuras narrativas convencionales. Para esto intenta trasladar métodos con los que Michelángelo Antonioni las rompe en algunos de sus films, entregando el protagonismo a las emociones y subrayándolas a través del silencio y de planos prolongados, dejando los acontecimientos de la historia en segundo término. Su matiz explica en parte la diferencia entre las películas que han buscado explotar la dimensión social del fútbol a modo de reclamo comercial, y otras que lo usan como una excusa –comercial sí-, pero que funciona para contar otra historia que nada tiene que ver con las patadas que se están dando sobre el césped. Como ejemplo paradigmático de las primeras tendríamos Goal II: Living The Dream (Jaume Collet-Serra, 2007), posiblemente la más ambiciosa al respecto, con el protagonista jugando en el Real Madrid y ganando la Champions League en el Santiago Bernabéu. Mientras que The Damn  United (Tom Hooper, 2009) es un caso opuesto, -llegando a prescindir de mostrar una sola imagen del partido más importante, cuando el Derby County de Brian Clough (Michael Sheen) gana por primera vez al Leeds United- pues se centra en los conflictos personales del protagonista con su amigo y ayudante en el banquillo, Peter Taylor (Timothy Spall), mientras los partidos ‘adornan’ la trama emocional. 




En el film del iraní Panahi, el fútbol no llega a verse, más allá de unos escasos segundos -en los que la pelota ni siquiera es disputada-, como fondo lejano mientras un soldado busca a una de sus custodiadas a la que le hacía escolta. Recordemos que Eco proponía el escorzo visual después de un clímax dentro del campo de juego, a modo de anticlímax. Pues en la propuesta de Panahi, los hechos concretos del partido están ausentes durante todo el largometraje, por lo que la mirada se sitúa en ese escorzo que pedía Eco, pero de manera permanente.


La mujer árabe y el fútbol:




Durante la improvisada reclusión de los personajes femeninos que tienen vetada su entrada al estadio, entablan conversación con los soldados que se responsabilizan de ellas y dialogan sobre las causas de su situación y las controversias culturales visibles. Las mujeres son en este film las únicas que parecen entender realmente de fútbol, conocen mejor que los hombres a los futbolistas de la selección, haciendo referencias su aspecto y sus habilidades, e incluso por ser jugadora una de ellas habla de técnicas de regate que los hombres ignoran. La función de los hombres ante el espectáculo deportivo es la de ejercer una catarsis colectiva, en la que se liberan de ira reprimida, que estalla sin un objetivo claro en el estadio en forma de gritos e improperios contra los rivales. Esta parece ser la única argumentación que dan los personajes masculinos sobre por qué las mujeres no pueden estar en el estadio. Esta actitud para lo que sirve es a modo de coartada, para justificar la expulsión de las mujeres de contemplar el espectáculo futbolístico: resulta que allí los hombres dicen palabras demasiado groseras para ser escuchado por las inocentes señoritas.


 “Estar en el estadio es otra cosa. Gritas, cantas, estás con la gente. Y lo mejor de todo, puedes insultar a quien quieras, decir lo que te dé la gana y nadie dice nada.
-No eres un auténtico aficionado. –Pero eres un caballero.”

“El estadio está lleno de hombres. ¿Está claro, no? Insultarán, dirán palabrotas.
-Prometemos no escuchar.-Un estadio no es sitio para mujeres.” 

El partido en sí discurre en fuera de campo. De hecho, la ausente exposición de fútbol ante el espectador, proyecta la falta de visión que a los personajes femeninos se les permite en el estadio. Las jóvenes detenidas ven tan poco del partido como el espectador, algunas de ellas no llegan a ver nada. La participación de la radio en unas ocasiones y los estruendos emocionales de la multitud que llena el campo en otras, permiten seguir la narrativa propia del partido, en el cual la clasificación sin estar confirmada, no parece llegar a estar en peligro. Sin embargo, precisamente esa falta de visión, que hace impalpable una concepción de lo que sucede en el campo, es lo que mantiene en vilo la atención y el suspense; y es también lo que permite centrar la imagen en las reacciones de las jóvenes retenidas, que buscan sin mucho éxito ver por algún hueco entre muros y rejas, e intuir las jugadas y sus protagonistas, a través de las ovaciones del público que les llegan.

La cuestión que subyace es que no hay ninguna ley que prohíba la entrada de mujeres a estadios, sino que es más bien un hábito de separación por géneros, que queda fuertemente cuestionado fruto de las controversias que genera el consumo globalizado, dentro del cual el fútbol toma un papel protagonista. El único argumento esgrimido parece ser el de la obscenidad de los insultos que profieren los hombres. Al no haber una ley que prohíba la discriminación de acceso, los militares que las custodian hasta que se acabe el partido no las detienen, dado que sus acciones no constituyen delito. Han de cuidar de ellas en el estadio y después llevarlas a comisaría de donde saldrán hacia sus casas, sin habérseles acusado de infracción alguna. Por tanto no se está hablando de una ley injusta, sino de una colectividad cultural que mantiene, no se ve desde donde, una costumbre de separación de territorios entre hombres y mujeres. No se ve bien desde donde porque la gran mayoría de hombres y muchachos muestran su propia incredulidad, otros muestran preocupación por el peligro que puedan correr, y otros incluso las llegan a ayudar a huir, como sucede en el incidente del cuarto de baño durante el descanso del partido. De hecho, la mayor desgracia para los militares es el hecho de que, junto con las mujeres, y en esto acercándose a comprenderlas, se pierden el partido por estar trabajando. La custodia es una tarea que disgusta a ambas partes, a los guardias y a las custodiadas, impedidos ambos de estar donde gustarían, que es en las gradas, viendo el partido.




Controversias culturales:




La complicidad entre las muchachas y los soldados se plasma con la resolución final. Ante la posibilidad que afrontan ellas de enfrentarse a reprimendas e incluso rechazo social, por darse a conocer su posible paso por comisaría, los soldados terminan dejándose llevar por el ambiente festivo y las desatienden. Los soldados las dejan libres de salir a participar de la celebración, aún a pesar del castigo al que deberán enfrentarse por haber perdido sus custodiadas cuando lleguen al cuartel. En el momento de la celebración es donde más se dejan atrás las limitaciones y las barreras culturales. Otra cuestión es la ‘contraculturalidad’ imperante en los medios de comunicación, inherente a la globalización de los mismos, dentro de los cuales el fútbol es un elemento más. Cabe destacar para tomarlo como ejemplo al respecto la valoración que las protagonistas hacen de Ferydoon Zandi. El futbolista es una de las estrellas de la selección, un alemán de origen iraní y nacionalizado, que atrae la atención de las cámaras más que por su excelente juego, por su aspecto físico, razón por la que se lo ha llegado a llamar el Beckham iraní. La primera pregunta que las recluidas le hacen a la joven disfrazada de soldado es por el juego de Zandi, a lo que ella contesta “está jugando como los extranjeros”. La siguiente pregunta que le realizan es por su peinado, pero a pesar de las conclusiones de superficialidad que se podrían sacar y de que hablen más de Zandi que de otros futbolistas como Mahdavikia, Ali Daei y Karimi -otros futbolístas igual de importantes en el equipo-; recordemos que su atención al juego, habilidad y características físicas de los demás integrantes de la selección, es equiparable, y en ocasiones superior al de muchos personajes masculinos. La indirecta connivencia entre los guardias y las mujeres se sella con la celebración en la ciudad, dejando los posibles castigos en segundo plano: con la celebración se desvanece la relación de custodia, cualquier sanción disciplinario que reciban ellos pasa a ocupar un segundo plano de relevancia.

A causa principalmente del profundo calado comercial de la publicidad, muchas referencias occidentales llegan a sociedades de Oriente, en ocasiones mezclándose parcialmente con la cultura local. Esta es la clave de las principales controversias culturales en que se encuentran las protagonistas. Cuando la joven más madura incide en el hecho de que hombres y mujeres no tienen permitido estar juntos para ver un partido de fútbol, pero sí pueden ir a una sala de cine, dos actos como ella incide, no tan distintos, donde participan de una experiencia emocional colectiva, junto a los ocupantes de las otras butacas. No es por tanto solo la dimensión comercial la que llega desde occidente, sino también sus implicaciones sociales y un compendio de idearios e ideales. Esa mezcla de referentes culturales, hace que la convivencia de lo global con lo local requiera una nueva mirada, pues desde una óptica exclusivamente local pueden achacarse las contrariedades a errores e incoherencias de la cultura extranjera; y viceversa: desde una cultura exclusivamente global u occidental, puede caerse en achacar los conflictos culturales a un tradicionalismo retrógrado. Ambas miradas excluyen la posibilidad de compartir una mirada y reformular los propios valores culturales. 




Esa nueva mirada es una con la que redefinir esos espacios, una con la cual no se excluyan los valores culturales, formulando un espacio común entre dos territorios, un cerco, en contraste con el concepto del muro que impone una separación más violenta. Una cuestión de estos días es que en regiones de Oriente, tengan mayor o menor aceptados algunos valores compartidos con occidente, se comparte masivamente un rechazo al terror que los amenaza, otro asunto bien distinto es la capacidad que pueden tener para hacerles frente, en regiones en las que incluso se viven situaciones de conflicto armado múltiple. Antes de pretender llegar a una conclusión, puede ser más favorecedor el apartar la opción de levantamientos de muros culturales, que no harían sino aislar la comunicación entre territorios, para después comenzar a perfilar y construir esa nueva mirada y entender que en el otro lado hay personas, cuyas emociones y sentimientos, como expone el film de Panahi, están por encima de nuestras propias limitaciones culturales, tanto las locales como las externas.
Luis N. Sanguinet





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