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lunes, 13 de julio de 2015
(Continuación de 1/2)

SOBRE LA RELACIÓN ENTRE SIERVO Y SEÑOR

Los santos inocentes (Mario Camus) Ganesh, United International Pictures, ©1984.

Analizando cada film se observa una gradación en los motivos de la lealtad que profesa cada personaje. Si Vatel considera a su señor un hombre respetable, casi como un amigo, al que vale la pena servir y se desvive por dar una buena imagen de su castillo; Paco ve a Iván como más que a un amigo, como un miembro de su familia, casi un ahijado, pues lo vio crecer desde pequeño, de ahí que se refiera a él como señorito Iván. Mientras que en la situación del Stevens, la lealtad se debe a una tradición familiar. Su objetivo es mantener el prestigio de su apellido, sirviendo a una familia noble de alta reputación y garantizando que sus miembros se sientan bien servidos. Le es indiferente quién contrate sus servicios, se incorpora a la familia a la que sirve y adecúa su comportamiento a las circunstancias.

Así como cada film plasma diferentes muestras de lealtad por parte de los sirvientes, también es diferente en cada obra la actitud de los señores. El Príncipe de Condé valora a Vatel, sabe que el cuidado de su imagen está en sus manos y lo valora por su buen trabajo, pero su plan de conseguir los favores del rey puede pasar por encima de su estimación por Vatel. En el caso de Stevens, Lord Darlington mantiene con él una cordial y correcta, aunque distanciada, relación. Esa distancia parece sin embargo debida al carácter frío de Stevens. Pero en contraste con estos dos señores, tenemos al Señorito Iván, quien a pesar de encontrarse más cercano y más ligado a su súbdito, es el que peor trato le da. La actitud déspota y los desprecios que muestra hacia Paco como persona, hacen ver la lealtad con que éste responde, como algo incomprensible e irracional.

The Remains of the Day (James Ivory), Columia Tristar Films de España, ©1993.

La servidumbre de Vatel está amparada en la amistad recíproca que mantiene, al margen de su condición de sirviente, con el Príncipe Condé. Cuando aborda el aspecto de la amistad entre siervo y amo, La Boétie dice que “lo que hace que un amigo esté seguro del otro es el conocimiento de su integridad (…). No puede haber amistad  donde hay crueldad.”[1] No puede haber amistad allí donde hay deslealtad. Hay deslealtad por parte del Príncipe hacia Vatel, al regalarlo en una partida de cartas. Ni siquiera es que se lo juegue al azar, sino que lo utiliza como moneda de cambio para conseguir el favor del Rey. Es en ese momento y no durante la servidumbre, cuando la amistad entre Vatel y su señor es completamente imposible.

Vatel (Roland Joffé), Gaumont. Distr: Manga Films y Sherlock Media S.L., en España, ©2001.

Las circunstancias finales de Vatel están inundadas por una reflexión como la de La Boétie cuando dice que  “La cuestión no reside en quitarle nada, sino tan solo en no darle nada”[2] (p. 48) Vatel asume no darle nada a su nuevo señor, el Rey, renunciando a su vida antes que servir a alguien que no ve en él a una persona, sino exclusivamente una garantía de buena imagen para el servicio. Lo más triste es que en ese cambio de señor ha perdido también la relación con su antiguo amigo y con ello, ha perdido su libertad, la libertad de acción que éste le permitía. La manera de conservar su libertad es renunciando a su vida, impidiendo que su nuevo señor tenga algo que arrebatarle, lo cual recuerda a La Boétie cuando dice sobre los que se resisten a perder la libertad que 


“dan tantas señales aparentes del sentimiento de su desgracia que es hermoso ver cómo prefieren languidecer que vivir, sin jamás poder complacerse en la servidumbre”[3]
Por esto el final de Vatel es bello y triste: bello porque defiende su libertad y la de su amada Anne y triste porque, al hacerlo, renuncia las únicas dos cosas que le quedaban, seguir viviendo y seguir sintiendo amor por Anne. En contraste con Vatel, que sirvió gustosamente tan solo mientras fue correspondido en su amistad por su señor, Stevens y Paco se mantienen fieles independientemente del trato que reciben. Paco llega a ser humillado, cuando con la pierna escayolada es obligado a recuperar los patos cazados por el Señorito Iván y aún así es incapaz de indignarse ante la atrocidad de su señor, tan ciego que llega a arriesgar su salud por defender su servidumbre. Por otro lado Stevens basa su vida en continuar con la tradición familiar de la servidumbre, al punto de que cuando renuncia a confesarle a Kenton el amor que siente por ella, vuelve a refugiarse en la casa de un nuevo señor al que servir. Tanto Stevens como Paco prefieren seguir sirviendo que revelarse como Vatel, porque ellos ni siquiera ven atractivo, ventaja o beneficio en la alternativa a la servidumbre.

Una pregunta que despliegan estas narraciones es compartida con las páginas de La Boétie “¿Qué desventurdo vicio pudo desnaturalizar al hombre (…) hasta el punto hacerle perder el recuerdo de su estado original y el deseo de volver a él?”[4] dando él mismo plausibles respuestas:
“Los hombres que nacieron bajo el yugo, educados y criados en la servidumbre, se contentan con vivir como nacieron”[5]
 “Nadie se lamenta de no tener lo que jamás tuvo, y el pesar no viene jamás sino después del placer.”[6]


Los santos inocentes (Mario Camus) Ganesh, United International Pictures, ©1984.

En efecto, ni Stevens ni Paco han conocido una forma de vida diferente a la suya pues, se han mantenido en el mismo estatus y en las mismas condiciones, no porque no pudieran sino porque no quisieron. Paco mantiene su condición a pesar de tener más conocimientos en matemática y escritura de la se esperaba entonces en un campesino; y Stevens lo hace a pesar de poder tener una vida junto a Kenton, quien lo invita sutilmente a dejar la servidumbre e irse a vivir con ella. Deberíamos en esto entender las palabras de La Boétie al sugerir que debemos “excusarlos, si, al no haber conocido el menor atisbo de libertad y al no haber oído jamás hablar de ella, no sientan la desgracia de ser esclavos.”[7] Sin embargo Vatel sí que conoció, de la mano del Príncipe de Condé, una forma de vida que si bien se mantenía en la servidumbre, le permitía ciertas libertades y concesiones. Compartían una complicidad y amistad que se esfumó al renunciar el Príncipe a sus servicios, para conseguir el favor del Rey. Esas son las cadenas de favores que La Boétie señala como consecuencia de que tantos defiendan la servidumbre, pero al mismo tiempo tales favores le permitieron a Vatel apreciar las pequeñas libertades que tenía Anne y los gustos que podían compartir y, al verse imposibilitado su acceso al amor de Anne y a su forma de vida anterior, decidió renunciar a una vida de servidumbre esclavista.




[1] LA BOÉTIE: Discurso de la servidumbre voluntaria, Terramar, Buenos Aires, 2008.
[2] Ibíd. p. 48.
[3] Ibíd. p. 52.
[4] Ibíd. p. 53.
[5] Ibíd. p. 55.
[6] Ibíd. p. 58.
[7] Ibíd. p. 58.


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